El otro día, mientras acudía al Señor en oración, me sorprendió su poderosa presencia y su atronadora voz resonando en mi interior; y lo hizo de una forma que me dejó completamente aplastado contra el suelo, humillado ante el poder de su sabiduría y justicia. ¡Con cuanta frecuencia acudimos a él con nuestras cargas sin reparar en las suyas!. ¡Con qué insolencia presentamos nuestras demandas sin contemplar las suyas!
En momentos de debilidad y de oscuridad, cuando tratamos de encontrar su huella en nuestro confuso interior; cuando le pedimos a Dios una evidencia de nuestro nuevo nacimiento, es cuando él nos exige nuestro propio certificado de defunción, y es ahí donde somos avergonzados y entristecidos para alcanzar un mayor nivel de arrepentimiento (2 Co.7:10)
Y es que el gozo de nuestra dependencia de él y de nuestra completa rendición, se torna en amarga hiel cuando caminamos erguidos en nuestro propio consejo. Él nos colocó en su amado hijo para que, luego de muertos con él, vivamos resucitados exclusivamente para él y por él de manera que podamos decir "pero no yo, sino la Gracia de Dios conmigo" (1 Co.15:10)
Hay experiencias dolorosas que uno no cambiaría por nada en el mundo; porque su reprimenda es mi bendición, su ira mi beneficio. Su enojo no es sino dulce amor para mi alma, que consolada y restaurada vuelve a brillar para él. Con Cristo estoy juntamente crucificado (¿o dice "justamente"?) y ya no quiero vivir yo, sino que él viva en mí, para su gloria eterna.

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