lunes, 4 de agosto de 2014

RIESGO VS. CERTEZA

Es escalofriante el relieve que han cobrado los ministerios llamados "proféticos" en contraste con la figura tradicional del presbiterio y la inspiración que emana de las sagradas escrituras.
En algunos círculos evangélicos, la figura del profeta emerge eclipsando aquello que supuso la base de fe y conducta del creyente; la biblia y todo el consejo divino que surge de sus páginas.
Esto no debería ser, ni tampoco el afán de cancelar toda posibilidad de que el Espíritu Santo hable por medio del don profético, legítimo y bíblico.

1ª de Tesalonicenses 5:19, nos insta a no apagar al Espíritu, y el versículo 20 nos aconseja no menospreciar la profecía.
En 1ª Corintios 14:1, el apóstol Pablo nos anima a procurar todos los dones, pero sobre todo el de profecía. Pero con la misma, y volviendo a 1ª Tesalonicenses 5, encontramos un consejo sumamente relevante con respecto a lo profético en el versículo 21: Consideradlo todo; retened lo bueno.

La Escritura fue, es y debe seguir siendo, el patrón que nos permita calibrar adecuadamente todo aquello que vivimos y creemos como seguidores de Cristo y como pueblo de Dios.

El gobierno de la iglesia local debe estar encarnado por ministros inspirados por Dios, llenos del Espíritu Santo y que hacen buen uso de la Palabra de Verdad (2ª Timoteo 2:15)
A partir de ahí, la profecía puede ser considerada a la luz del consejo, medida y pesada debidamente; retenida y valorada en su justa medida, para poder purgar la amenaza de la subjetividad siempre presente.

Acerca de la subjetividad de la profecía, ¿Puede considerarse un error reconocer tal carácter? ¿o debemos abrazarla como verdad absoluta desde el primer instante?
El apóstol Pedro nos insta a considerar la palabra profética más segura como aquella que alumbra como antorcha en lugar oscuro, refiriéndose con esto a las profecías del Antiguo Testamento; aquellas que daban testimonio de todo cuanto luego vino bajo el Nuevo Pacto, encarnado en la figura de Jesucristo (2ª Ped.1:19-21)

Es decir; encontramos un preciosísimo consejo apostólico que nos pide recurrir a aquella palabra escrita, revelada por Dios mismo a través de hombres inspirados (luego por tanto, palabra profética sin paliativos) como palabra certera, segura e infalible.

Es en esta armonía donde la Escritura, los profetas, los presbíteros y la profecía, pueden cohabitar en orden, trayendo dirección y edificación a la iglesia en su conjunto.

Trágicamente, esta armonía ha quedado rota por parte de quienes delegan en exceso a los profetas competencias que no les corresponden; o delimitan sus decisiones a las visiones, sueños y supuestas palabras inspiradas sin considerarlas adecuadamente. Mucho peor es la existencia de ministerios itinerantes que no se sujetan a nadie ni a nada, y que merodean alrededor de las iglesias para tomar su cuota de protagonismo y provocar auténticos tsunamis doctrinales y de todo orden entre el pueblo.

Es tiempo de detenerse y considerar este fenómeno entre las iglesias, para someter todas las cosas al orden correcto según las Escrituras. Solo así, las velas de nuestra barco permanecerán inalterables, dirigiendo nuestras vidas a buen puerto, en el propósito de aquel que nos llamó eficazmente.



R. Prieto